

Los testimonios históricos de los que conocieron bien a Sto. Domingo, nos muestran un hombre afable y amabla, sincero en el trato, cordial y al mismo tiempo un hombre de profundas convicciones, apasionadamente dedicado al servicio de la Iglesia y a la Verdad del Evangelio. También aparece como un hombre sensible a los valores reales encontrados en movimientos más allá de la frontera de la Iglesia oficial. Y aunque fue un hombre de gran corage, no espantó a los débiles y tímidos.
Los testigos del proceso de canonización retratan a Sto. Domingo como un hombre humilde y amable, simpático, misericordioso, paciente, alegre, sobrio, casto, celoso por cuidar la pobreza evangélica y dedicación total a la salvación de las almas. Los testigos se expresan en los siguientes términos : " nunca vi nadie quien dedicación y servicio a Dios le gustara tanto. Era mas celoso por la salvación de las almas que ningun hombre que he visto nunca"; "fue amado por todos, ricos y pobres, judíos y paganos", etc. Resumiendo lo que todos decían de Sto. Domingo un testigo declaró de que era "el siervo fiel de Dios que hablaba solo con Dios o de Dios."
Tomado de fuentes antiguas auténticas, el breviario romano describe el perfil espiritual de Sto. Domingo de la siguiente manera :
"La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que
todos veían en él un instrumento elegido de la gracia divina. Estaba dotado de
una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que solo lograban perturbar los
sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que
un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y
afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu.
En todas parte, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico.
De día, con los hermanos y compaňeros, nadie más comunicativo y alegre que
él. De noche, nadie más constante que el en vigilias y oraciones de todo
genero. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto
mismo aconsejaba a sus hermanos.
Con frecuencia, pedía a Dios una cosa; que le concediera una auténtica caridad,
que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres,
consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de
Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo,
del mismo modo que el Seňor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona
por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores,
realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde
hacía ya tiempo.
Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la
mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo
Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de S. Mateo y las cartas de
S. Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de
memoria.
Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en
la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su
vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flegelado,
despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio IX :
"Conocí a un hombre tan fiel seguir de las normas apostólicas, que no dudo que
en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles."
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